Por los años sesentas y setentas del siglo XX, en la capital del país, era posible ver teatro en todas partes: Arcos de Belem, Foro Isabelino, Coyoacán, Blanquita, casonas de edificios antiguos, patios coloniales, Universidad, Unidad Artística y Cultural del Bosque (la famosa UACB), Palacio de Bellas e Insurgentes. Uno veía todo tipo de teatro y la imaginación se agitaba ante tanta propuesta, formas de iluminación o de resolver los problemas planteados por un texto teatral. Era una maravilla todo aquello. Era la época de Julio Castillo, Alejandro Jodorowsky, Maruja Villalta, Pepe Solé y algunos más, de nombres muy extranjeros.
Mérida, desde hace tres años vive una situación semejante. Se presentan obras en los solares, los jardines, los foros chicos y grandes, en los parques, bibliotecas y en todo lugar donde sea posible parar a actores y mostrar sus propuestas. Llevamos una ventaja con respecto a aquella época capitalina, del siglo pasado: aquí el teatro pasa por lo regional, lo experimental, lo formal, lo musical, multimedia y toda forma posible de expresión. En ese contexto, hay más alta calidad, que baja. Tomás Ceballos, Willy Paredes, Francisco Solís, Conchy León y un firmamento de estrellas del teatro regional, son símbolos de ese teatro nuestro, de altura.
Me gusta asistir a toda experiencia teatral, porque aprendo de ella. Cada director teatral deja algo de conocimientos dentro de mí. Eso lo agradezco infinitamente.
El domingo 10 de enero, enmarcada la obra en las actividades del Festival de la Ciudad 2010, en la sala José Martí, se llevó a cabo la puesta en escena de Las Aventuras de la Capitana Gazpacha, con una asistencia brutal, joven toda ella, que gozó, hasta el escándalo, dicha puesta en escena. No era para menos, ya que la propuesta es digna de todos los calificativos positivos, por la resolución en un espacio tan pequeño, del tema desarrollado en un viaje trasatlántico, viaje emprendido por Colón buscando, conscientemente, un nuevo continente.

Lo irreal es que Colón es la Capitana Gazpacha, quien actúa como Don Quijote vestido de Capitán Garfio, dirigiendo a un marino que se comporta como el escudero Sancho Panza. En ese momento toda la escenografía se nos muestra maravillosa ya que las velas de la carabela, suben y bajan, el timón del navío es una rueda de bicicleta, la sección de remeros está simbolizada por una escoba, el vigía de los vientos, las estrellas y las corrientes marinas sube y baja de cada nivel de la nao, cambiado de pañoleta, sombrero, gorro o colocándose en la cabeza el implemento necesario para ser acorde con su faena.
Todo ese universo fue interpretado por dos personas en un espacio de dos metros por tres. Acto seguido asoman dos hermanas inglesas para tomar el té de las cinco de la tarde. Todo en ellas fue fabuloso, su temática, la forma de decir sus textos, la gestualidad, los ojos, las miradas, el andar, el movimiento de la boca, el abanico, la tetera, la voz, el peinado, la ropa, todo, todo…todo. Un diez.
Dichas hermanas comparten el espacio con la carabela española, y no resulta absurdo ver la salita inglesa del té, juntito a la atmósfera del viaje oceánico de los primeros actuantes.
Para la tercera escena, entra en acción un matrimonio formado por una mujer-hombre (no hay que pensar en un travesti) y un macho-macho español. El asunto de ellos arranca con el tema de una cebolla que es asesinada cada vez que se necesita para la cocina. Esa realidad desata el llanto lastimero de la esposa, quien se pelea con su marido por culpa de tan cruel asesinato culinario.
Como se ve hasta aquí, todo es realmente mágico, inconcebible, golpeteo para la mente racional y enfrentamiento y sacudida para la mentalidad realista.
Poco a poco los personajes invaden los terrenos de cada dueto de personajes hasta que consiguen mezclarse de una manera natural. La irrealidad, el absurdo toman forma de veracidad ya que nada resulta chocante o contradictorio. Esa mezcla brinda al texto una nueva realidad fabulosa donde la confusión se convierte en un juego de realidades llenas de diversión. En ese punto, los personajes, muestran su dimensión psicológica, sus necesidades humanas y entonces se va abriendo una temática conductual, inesperada.

Finalmente, todos van retomando su espacio y de una manera suave se reubican, haciéndonos entender que el mundo y las realidades son circulares, que cada quien se mantiene enjaulado en una circunferencia en la que se sostiene de acuerdo a sus necesidades.
¿De quién es la obra? No lo sé. ¿Cómo se llama el grupo teatral? Tampoco fue posible saberlo. ¿Los nombres de los maravillosos actores cuáles eran? Quién sabe. No hubo programa de mano. Obtuve el teléfono de la asistente del director de la obra y nunca obtuve contestación. Es una pena, ya que el trabajo de ese cuadro de actores merecía ser dicho en esta nota. De cualquier modo felicito al escritor, al director, al escenógrafo, al vestuarista y todos los actores de las Aventuras de la Capitana Gazpacha. Ojalá tuviéramos más trabajo de esa factura.
Fuente: Nota sobre Teatro publicada por Víctor Salas en la Sección “La Ciudad” (pag.18) del periódico Por Esto! en Mérida, Yucatán, México el martes 12 de enero de 2010.
Tomado del blog de @Elza-Freak.
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