Estudiar a una sociedad humana, ya sea en la actualidad o en el pasado, presenta muchas dificultades. Desde la Ilustración, se enseña que la verdadera ciencia debe ser objetiva, racional y universal: objetiva porque el estudio de sus materias se realiza con independencia del pensamiento o simpatías del investigador; racional porque discurre de un problema en base a sus causas y universal porque sus conclusiones se pueden aplicar sin excepción a todos los individuos o fenómenos que estudia; las leyes científicas se extienden a todo el mundo, a todos los países y a todos los tiempos. Ya lo decía al reflexionar sobre la ciencia el filósofo d’Alembert cuando en el discurso preliminar de la Enciclopedia, afirmaba que ésta “no consiste únicamente en poner en orden a las ideas mismas, sino también debe expresar cada una de ellas de la manera más clara posible y, para ello, perfeccionar los signos destinados a comunicarla”.
Según esto las disciplinas sociales, encargadas del estudio científico del comportamiento humano, deberían aspirar a la objetividad, racionalidad y universalidad. Sus metas serían, entonces, promulgar leyes aplicables a todos los actos de la vida individual y colectiva, expresarse de manera ordenada y comprensible y lograr que los investigadores de las sociedades se aíslen o se ubiquen en un sitio privilegiado al observar su objeto de estudio. A pesar de que estos propósitos fueron adoptados algún tiempo por científicos sociales de la talla de Seignobos —quien afirmaba que la cientificidad de la historia provenía de la crítica textual y de la correcta ordenación de los hechos pasados—, las discusiones de método que han sucedido a este investigador han generado cambios en las particularidades de las ciencias sociales.
Lo que se desea estudiar de un grupo humano son problemáticas construidas socialmente. El interés por un tema resulta de las preocupaciones de una época. Los monjes medievales clasificaban dragones y unicornios porque su sociedad veía en la comprensión de estos basiliscos soluciones a sus crisis. Actualmente nos preocupamos por el deterioro del medio ambiente, la migración y las elecciones porque estas expresan nuestros valores y concepciones del mundo. Por esto cuando alguien escoge un tema lo hace porque sus simpatías lo han motivado a tomar esta decisión o porque las exigencias de una sociedad, los debates de moda y, más determinante, los métodos aceptados por su disciplina, lo encaminan a recorrer una senda trazada de antemano. La objetividad de la Ilustración fue descartada hace mucho y pobre de aquel que en el siglo XXI desee clasificar dragones y unicornios sin considerar el cambio climático o la extinción de las especies.
Al ordenar nuestras ideas acerca de un comportamiento humano recurrimos a un método o a una teoría, cuyos preceptos –a manera de las reglas ortográficas— conducen a la elección de un tema, nuestras hipótesis, la obtención de datos y la explicación final. Esta jerarquía del conocimiento permite al investigador saber, desde antes de comenzar, si sus respuestas requerirán de densas descripciones de un proceso o largas explicaciones teóricas. Sin embargo, como toda estructura del pensamiento, ésta es construida y como toda construcción, ésta es artificial. Cualquier descripción de hechos, generalización o teoría pasará por alto algo y, más grave, simplificará la complejidad de la realidad social. Toda explicación científica, por más profunda que sea; toda teoría, por más elaborada, será siempre una simplificación de la complejidad humana. Los científicos sociales se ven reducidos a hacer caricaturas de las sociedades que estudian, esquemas prácticos que debido a que cada determinado tiempo se les da mantenimiento, generan día a día —sublime confusión— variaciones continuas y versiones innovadoras.
Por más que la ciencia es un esfuerzo colectivo para alcanzar normas universales que trasciendan al universo. ¿acaso alguna teoría ha podido explicar de manera precisa, concisa, comprensible y, sobre todo, convincente a la humanidad en sí? No. Cada disciplina social tiene un método distinto, explica en sus propios términos y se especializa a saltos agigantados. Un investigador no dominará jamás todas las disciplinas del conocimiento y difícilmente entablará un diálogo permanente con los demás campos del saber. Sin embargo, no porque aún no se hayan logrado expresar las ciencias humanas en un solo conjunto, se debe renunciar a esta empresa.
Si cada investigador aplica un método ordenado, con términos claros en vez de recurrir a la forma que más le acomode o convenga, las diversas disciplinas sociales podrían aproximarse. Lejos de imponer reglas matemáticas que constriñan a los científicos sociales a un lenguaje abstracto que busquen inútilmente guiar a cada investigador en su trabajo, se debería buscar que el resultado de las investigaciones pueda ser utilizado por otros científicos, el criterio de las ciencias sociales sería entonces el contribuir con respuestas útiles a los demás. Más que buscar explicaciones objetivas, racionales y universales en nuestros estudios particulares, los científicos sociales deben hacer ejercicios de análisis que, sin renunciar a la eterna búsqueda de la verdad, permitan el mejoramiento del conocimiento humano y, también, que enseñen a las siguientes generaciones las desigualdades de nuestros tiempos y las soluciones prácticas que se proponen a éstas.
Escrito por Emiliano Canto Mayén en la Sección CULTURA del Periódico Por Esto! http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=33&idTitulo=18185
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