Me encontraba de regreso en Cancún, en la casa de mi infancia, como si nunca me hubiera mudado de ahí. Posiblemente tenía la misma edad que ahora, quizá dos o tres años menos. Extrañamente, aún estaba muy vigilado por mi madre, como cuando era niño.
A unos 60 metros vivía una muchachita. Es joven, tendrá entre 15 o 17 años, talvez más, talvez menos. No sé cómo se llama, no recuerdo cómo la conocí ni estoy seguro de conocerla. Sólo siento la sensación de que ha estado ahí siempre. Como si hubiera sido algo mío en una vida pasada o en un sueño.
Es muy guapa, casi un ángel. Tan delicada, tan tierna, tan inocente. Vestía un atuendo blanco, el cual le cubría hasta las muñecas y se ajustaba perfectamente a su cuerpo, tan suave.
Aquí el subconciente engaña pues era vivo retrato de Emma Watson aunque más bonita, pero no era ella. Sólo tenía un 97.8% de similitud. No sé por qué el parecido. No es alguien tan importante para mí, eso creo. Hay otras celebridades que me atraen más y a Emma no la he visto desde la última premier de Harry Potter.
Sin embargo, aquí no hay nadie más importante en mi vida que ella. Incluso no me persigue mi pasado, mucho menos me atormenta el futuro. Como en todo sueño, el tiempo no existe o es una dimensión caprichosa e inestable.
Comienza a llover y ya es de noche. Estoy en una feria con ella y con algunas de sus amigas, aunque, ¿dónde se han metido? Ya no importa, debemos volver.
El camino a casa se hace muy largo, casi interminable. Nuevamente el espacio y el tiempo se distorsionan caprichosamente, pero esta vez a mi favor. Al llegar a su casa ella ha dejado de ser una incógnita para mí. Ahora sí es real, sin dudas.
Ese largo recorrido fue equivalente como a tres años de charlas con un café, paseos por el parque, juegos bajo la lluvia y sin fin de vivencias donde sólo ella y yo éramos protagonistas.
Pero, ¿dónde está el amor? ¿por qué no le he dicho lo que siento? Puedo ver en sus ojos preguntándose lo mismo. Por un lado las ansias me invaden y por el otro, la garganta me quema porque necesita confesarlo todo. El deseo ya es muy grande.
Luego no sé. Sus brazos rodean mi cuello y pruebo sus labios. Es un beso muy largo e intenso. Como si se hubiera deseado hace mucho, y como si fuera el último.
Aún lo recuerdo claramente, incluso el sabor a durazno y elote.
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